Ascensor espacial hinchable
Al parecer gracias a la decisión de Raj Seth, Brendan Quine y George Zhu de la Universidad canadiense de York, el inconveniente de la construcción de un ascensor espacial (que alguna vez se imaginó el escritor de ciencia ficción Arthur C. Clarke) se podría resolver sin basarse en la nanotecnología o mesomateriales. Los científicos afirman que módulos neumáticos hinchables, fabricados con la misma tecnología que en la actualidad se usa en ciertos subsistemas de naves espaciales, es posible montar y –relativamente fácil- amontonarlos para la formación de una torre de 15 a 20 kilómetros de elevación. “Una gigante torre hinchable podría llevar a las personas a los límites del espacio sin necesidad de usar cohetes, y se podría completar bastante antes que un cable capaz de valer de soporte al ascensor espacial”, aseguran sus defensores en una publicación en Acta Astronáutica.
Seth, Quine y Zhu han explicado que si se lo haría sobre la cumbre de una montaña específica, esta ‘escalera al cielo’ alcanzaría una altura de 20 kilómetros. Aunque es mucho menos que los 36,000 kilómetros para lograr la órbita geoestacionaria, una torre de tal envergadura sería muy valiosa para las investigaciones de la atmósfera, el lanzamiento de las sondas espaciales y las telecomunicaciones en general. También, el turismo podría sacar ventaja de dicha iniciativa, puesto que la vista desde la zona superior de la torre resultaría simplemente maravillosa, ofreciendo a los suertudos aventureros un panorama que se extendería a sus pies incluso más de medio millar de kilómetros de distancia.
Se ve que el concepto imaginado por este grupo de visionarios es factible, y que no viene a ser –como varios podrían pensar- de una aberración origen de una embriaguez de fin de semana. Los expertos imaginan el ajuste por medio de series de módulos, todos construidos desde tubos de polietileno y kevlar, inflados con un gas ligero (helio, por ejemplo), para darle la necesaria rigidez. De acuerdo a los autores, una torre de 15 kilómetros de altura hecha de esta forma solamente pesaría el correspondiente a un par de superpetroleros, y permanecería erguida todavía cuando un porcentaje considerable de sus tubos se perforara.
Quedan aún muchos asuntos por solucionar. El inconveniente de las tormentas o vientos, por ejemplo. Para que la torre no fuera en una versión a buena escala de un parque de diversiones monstruoso no apto para los que sufren de vértigo, se requiere alguna clase de control activo entre cada módulo propuesto a contrarrestar los movimientos provocados por las corrientes de aire. Pese a todo, el concepto de este equipo es uno de los más acertados de los que hay hasta ahora. Nos queda sólo esperar si algún día, cuando seamos ancianitos, lleguemos a subir a la cima de estas torres, o que por lo menos nuestros nietos, bisnietos o tataranietos tengan la oportunidad. Quizá ya no piense que mi madre estaba tan loca después de todo, cuando de niño me cantaba la melodía: Para subir al cielo… se necesita… una escalera grande… y otra chiquita.































